29 de julho de 2026

Lacan, lo Inconsciente, Macondo y la Lengua

Información de I.A.

 


Una conversación entre Lacan y Gabo - Literatura y psicoanalisis 

Julian Camilo Soto (*)

 

“Sirve para cosas enteramente diferentes de la comunicación”

Jacques Lacan

 

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Gabriel García Márquez

 

 

            Si el primer encuentro entre Lacan y Cien años de soledad puede producirse alrededor de la repetición, el segundo ocurre en una región más profunda y menos visible: la sonoridad. Allí donde la novela deja de ser solamente una historia para convertirse en una experiencia de lenguaje, emerge una dimensión que el último Lacan llamó lalengua.

            Lacan inventa este término para diferenciarlo del lenguaje concebido como instrumento de comunicación. Antes de transmitir significados, la lengua afecta al cuerpo. Antes de organizar conceptos, resuena. Antes de ser comprendida, es escuchada, incorporada, gozada. En lalengua sobreviven las marcas sonoras que dejan las palabras, los ecos de las voces, las repeticiones involuntarias, los equívocos y las asociaciones que se alojan en el cuerpo mucho antes de convertirse en pensamiento.

            Leer Cien años de soledad supone entrar en una experiencia semejante. Los nombres de los personajes no funcionan únicamente como referencias narrativas. Actúan como resonancias. Aureliano, Arcadio, Amaranta, Úrsula, Remedios, Melquíades. La novela parece construir una arquitectura sonora donde cada nombre conserva la memoria de otros nombres.

            No es casual que muchos lectores experimenten una sensación de familiaridad incluso cuando se pierden en la compleja genealogía de los Buendía. A veces se olvida quién es exactamente cada personaje, pero permanece la música de los nombres. Algo continúa operando más allá de la comprensión racional.

            Lacan habría reconocido en este fenómeno una manifestación de lalengua. Lo que insiste no es únicamente el significado, sino la materialidad sonora de las palabras. La repetición de Aureliano a lo largo de generaciones no produce solamente una continuidad narrativa. Produce una vibración. Cada aparición del nombre despierta el recuerdo de todas las anteriores.

            La novela parece comprender intuitivamente que los nombres nunca son neutros. Habitan el cuerpo de quienes los llevan. Los acompañan, los orientan, a veces los persiguen. En Macondo, un nombre es una herencia. Pero también es una resonancia.

            Los Aurelianos y los José Arcadios no repiten únicamente conductas. Repiten sonoridades. La repetición comienza en la lengua misma. Antes de convertirse en destino psicológico, ya existe como retorno fonético.

            Quizá por eso la historia de los Buendía produce una impresión tan singular. No se lee únicamente con la inteligencia narrativa. Se escucha.

 

“El inconsciente está hecho de la lengua”

 Jacques Lacan

 

            La invención de Macondo puede ser leída como la construcción de una memoria sonora. Los acontecimientos más extraordinarios de la novela no aparecen separados de la lengua que los nombra. Las lluvias interminables, las ascensiones al cielo, las guerras, las epidemias y los amores imposibles parecen emerger de la misma materia verbal que los sostiene.

            La realidad de Macondo no se opone a la imaginación. Ambas forman parte de una misma textura de lenguaje.

            En este aspecto, la escritura de Gabriel García Márquez se aproxima notablemente a la lógica del inconsciente. No porque reproduzca sueños o delirios, sino porque hace visible una verdad más profunda: el mundo humano está tejido por palabras que conservan una eficacia propia.

            Lacan insistía en que el sujeto no habla simplemente una lengua. Es hablado por ella. Algo semejante ocurre con los habitantes de Macondo. Los personajes parecen actuar, decidir y amar, pero también parecen ser llevados por una corriente que los excede. Una corriente hecha de nombres, relatos familiares, recuerdos y repeticiones.

            La novela da la impresión de que cada generación intenta comenzar de nuevo. Sin embargo, algo retorna siempre. No necesariamente como recuerdo consciente, sino como eco.

            Ese eco constituye una de las formas más precisas de pensar lalengua. Lo que vuelve no es una idea claramente formulada. Es una resonancia. Una huella sonora que insiste incluso cuando su origen ha sido olvidado.

            La memoria de Macondo funciona de esta manera. Los acontecimientos desaparecen, los personajes mueren, las casas se derrumban, pero algo continúa vibrando en los nombres y en las historias.

 

“La voz es el soporte de algo que no puede decirse”

Lectura posible de Lacan

 

            Existe además una dimensión de la novela que suele pasar inadvertida: la presencia de las voces.

            Las voces de los muertos, las voces familiares, las voces que regresan desde el pasado, las voces que permanecen suspendidas en la memoria colectiva. Macondo es un territorio poblado por presencias sonoras.

            Lacan otorgó a la voz un estatuto singular. No la pensó simplemente como vehículo del significado. La voz constituye un objeto extraño, situado entre el cuerpo y el lenguaje. Pertenece a ambos y, al mismo tiempo, a ninguno.

            En Cien años de soledad las voces nunca desaparecen del todo. Continúan habitando los espacios, los recuerdos y las generaciones posteriores. La novela parece sugerir que hablar no consiste solamente en emitir palabras, sino también en transmitir una forma de presencia.

            Por eso los personajes nunca están completamente solos. Incluso en la soledad más extrema permanecen acompañados por voces heredadas.

            Tal vez allí resida uno de los secretos de la novela. La soledad no se opone a la transmisión. Es precisamente dentro de la soledad donde la transmisión se vuelve más intensa.

            Cada Buendía escucha algo que viene de lejos. Algo que no termina de comprender. Algo que no eligió.

 

Una lengua es la integral de los equívocos que su historia ha dejado persistir”
Jacques Lacan

 

            El universo de García Márquez está construido sobre equívocos fecundos. Los acontecimientos más extraordinarios son narrados con absoluta naturalidad, mientras los hechos más cotidianos adquieren dimensiones míticas. Lo real y lo maravilloso dejan de oponerse.

            Esta lógica se parece a la de lalengua. En ella las palabras nunca quedan fijadas definitivamente a un único sentido. Conservan una capacidad permanente de desplazamiento.

            La riqueza de Cien años de soledad no proviene solamente de lo que cuenta, sino de aquello que hace resonar. La novela parece escrita desde un lugar donde la lengua todavía conserva su poder de encantamiento.

            Lacan buscó durante años ese mismo punto. Un lugar donde el lenguaje deja de ser únicamente un sistema de significaciones para convertirse en una experiencia corporal. Un lugar donde las palabras producen efectos antes de ser comprendidas.

            Macondo parece haber encontrado literariamente aquello que Lacan intentó pensar conceptualmente.

            Por eso ambos se encuentran tan naturalmente. No porque digan lo mismo, sino porque exploran una misma frontera.

            La frontera donde el lenguaje deja de ser información y se convierte en destino.

            La frontera donde los nombres hablan más allá de quienes los pronuncian.

            La frontera donde una historia familiar se transforma en una música que atraviesa generaciones.

            Y quizá también la frontera donde cada ser humano descubre que hay palabras que no eligió, voces que lo preceden y resonancias que lo acompañarán hasta el final.

            En ese territorio, el de las marcas que la lengua deja sobre el cuerpo, Macondo y lalengua parecen nombrar un mismo misterio: el de una memoria que no se sabe a sí misma y, sin embargo, continúa hablando.

            Quien lea entienda.

___

(*) Mi nombre es Julian Camilo Soto Castañeda, me gusta mucho la lectura, desde pequeño leía libros sobre historia, cuentos, fábulas, novelas, entre otros. Llegue a conocer a Gabriel García Márquez por su obra: 100 años de soledad, ya que en mi colegio al graduarme de secundaria, en la materia de lectura crítica, nos mandaron a realizar un ensaño, desde ese entonces me intrigó mucho su forma tan fantástica de contar historias.

Publicado originalmente en Literartura y Psicoanalis - Facebook