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Una conversación
entre Lacan y Gabo - Literatura y psicoanalisis
Julian
Camilo Soto (*)
“Sirve para cosas enteramente diferentes de la comunicación”
Jacques Lacan
“Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde
remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”
Gabriel García Márquez
Si el primer
encuentro entre Lacan y Cien años de soledad puede producirse alrededor de la
repetición, el segundo ocurre en una región más profunda y menos visible: la
sonoridad. Allí donde la novela deja de ser solamente una historia para
convertirse en una experiencia de lenguaje, emerge una dimensión que el último
Lacan llamó lalengua.
Lacan
inventa este término para diferenciarlo del lenguaje concebido como instrumento
de comunicación. Antes de transmitir significados, la lengua afecta al cuerpo.
Antes de organizar conceptos, resuena. Antes de ser comprendida, es escuchada,
incorporada, gozada. En lalengua sobreviven las marcas sonoras que dejan las
palabras, los ecos de las voces, las repeticiones involuntarias, los equívocos
y las asociaciones que se alojan en el cuerpo mucho antes de convertirse en
pensamiento.
Leer Cien
años de soledad supone entrar en una experiencia semejante. Los nombres de los
personajes no funcionan únicamente como referencias narrativas. Actúan como
resonancias. Aureliano, Arcadio, Amaranta, Úrsula, Remedios, Melquíades. La
novela parece construir una arquitectura sonora donde cada nombre conserva la
memoria de otros nombres.
No es casual
que muchos lectores experimenten una sensación de familiaridad incluso cuando
se pierden en la compleja genealogía de los Buendía. A veces se olvida quién es
exactamente cada personaje, pero permanece la música de los nombres. Algo
continúa operando más allá de la comprensión racional.
Lacan habría
reconocido en este fenómeno una manifestación de lalengua. Lo que insiste no es
únicamente el significado, sino la materialidad sonora de las palabras. La
repetición de Aureliano a lo largo de generaciones no produce solamente una
continuidad narrativa. Produce una vibración. Cada aparición del nombre
despierta el recuerdo de todas las anteriores.
La novela
parece comprender intuitivamente que los nombres nunca son neutros. Habitan el
cuerpo de quienes los llevan. Los acompañan, los orientan, a veces los
persiguen. En Macondo, un nombre es una herencia. Pero también es una
resonancia.
Los
Aurelianos y los José Arcadios no repiten únicamente conductas. Repiten
sonoridades. La repetición comienza en la lengua misma. Antes de convertirse en
destino psicológico, ya existe como retorno fonético.
Quizá por
eso la historia de los Buendía produce una impresión tan singular. No se lee
únicamente con la inteligencia narrativa. Se escucha.
“El inconsciente está hecho de la lengua”
Jacques Lacan
La invención
de Macondo puede ser leída como la construcción de una memoria sonora. Los
acontecimientos más extraordinarios de la novela no aparecen separados de la
lengua que los nombra. Las lluvias interminables, las ascensiones al cielo, las
guerras, las epidemias y los amores imposibles parecen emerger de la misma
materia verbal que los sostiene.
La realidad
de Macondo no se opone a la imaginación. Ambas forman parte de una misma
textura de lenguaje.
En este
aspecto, la escritura de Gabriel García Márquez se aproxima notablemente a la
lógica del inconsciente. No porque reproduzca sueños o delirios, sino porque
hace visible una verdad más profunda: el mundo humano está tejido por palabras
que conservan una eficacia propia.
Lacan
insistía en que el sujeto no habla simplemente una lengua. Es hablado por ella.
Algo semejante ocurre con los habitantes de Macondo. Los personajes parecen
actuar, decidir y amar, pero también parecen ser llevados por una corriente que
los excede. Una corriente hecha de nombres, relatos familiares, recuerdos y
repeticiones.
La novela da
la impresión de que cada generación intenta comenzar de nuevo. Sin embargo,
algo retorna siempre. No necesariamente como recuerdo consciente, sino como
eco.
Ese eco
constituye una de las formas más precisas de pensar lalengua. Lo que vuelve no
es una idea claramente formulada. Es una resonancia. Una huella sonora que
insiste incluso cuando su origen ha sido olvidado.
La memoria
de Macondo funciona de esta manera. Los acontecimientos desaparecen, los
personajes mueren, las casas se derrumban, pero algo continúa vibrando en los nombres
y en las historias.
“La voz es el soporte de algo que no puede decirse”
Lectura posible de Lacan
Existe además una dimensión de la novela que suele pasar inadvertida: la presencia de las voces.
Las voces de
los muertos, las voces familiares, las voces que regresan desde el pasado, las
voces que permanecen suspendidas en la memoria colectiva. Macondo es un
territorio poblado por presencias sonoras.
Lacan otorgó
a la voz un estatuto singular. No la pensó simplemente como vehículo del
significado. La voz constituye un objeto extraño, situado entre el cuerpo y el
lenguaje. Pertenece a ambos y, al mismo tiempo, a ninguno.
En Cien años
de soledad las voces nunca desaparecen del todo. Continúan habitando los
espacios, los recuerdos y las generaciones posteriores. La novela parece
sugerir que hablar no consiste solamente en emitir palabras, sino también en
transmitir una forma de presencia.
Por eso los
personajes nunca están completamente solos. Incluso en la soledad más extrema
permanecen acompañados por voces heredadas.
Tal vez allí
resida uno de los secretos de la novela. La soledad no se opone a la
transmisión. Es precisamente dentro de la soledad donde la transmisión se
vuelve más intensa.
Cada Buendía
escucha algo que viene de lejos. Algo que no termina de comprender. Algo que no
eligió.
“Una lengua es
la integral de los equívocos que su historia ha dejado persistir”
Jacques Lacan
El universo
de García Márquez está construido sobre equívocos fecundos. Los acontecimientos
más extraordinarios son narrados con absoluta naturalidad, mientras los hechos
más cotidianos adquieren dimensiones míticas. Lo real y lo maravilloso dejan de
oponerse.
Esta lógica
se parece a la de lalengua. En ella las palabras nunca quedan fijadas
definitivamente a un único sentido. Conservan una capacidad permanente de
desplazamiento.
La riqueza
de Cien años de soledad no proviene solamente de lo que cuenta, sino de aquello
que hace resonar. La novela parece escrita desde un lugar donde la lengua
todavía conserva su poder de encantamiento.
Lacan buscó
durante años ese mismo punto. Un lugar donde el lenguaje deja de ser únicamente
un sistema de significaciones para convertirse en una experiencia corporal. Un
lugar donde las palabras producen efectos antes de ser comprendidas.
Macondo
parece haber encontrado literariamente aquello que Lacan intentó pensar
conceptualmente.
Por eso
ambos se encuentran tan naturalmente. No porque digan lo mismo, sino porque
exploran una misma frontera.
La frontera
donde el lenguaje deja de ser información y se convierte en destino.
La frontera
donde los nombres hablan más allá de quienes los pronuncian.
La frontera
donde una historia familiar se transforma en una música que atraviesa
generaciones.
Y quizá
también la frontera donde cada ser humano descubre que hay palabras que no
eligió, voces que lo preceden y resonancias que lo acompañarán hasta el final.
En ese
territorio, el de las marcas que la lengua deja sobre el cuerpo, Macondo y
lalengua parecen nombrar un mismo misterio: el de una memoria que no se sabe a
sí misma y, sin embargo, continúa hablando.
Quien lea
entienda.
___
(*) Mi nombre es
Julian Camilo Soto Castañeda, me gusta mucho la lectura, desde pequeño leía
libros sobre historia, cuentos, fábulas, novelas, entre otros. Llegue a conocer
a Gabriel García Márquez por su obra: 100 años de soledad, ya que en mi colegio
al graduarme de secundaria, en la materia de lectura crítica, nos mandaron a
realizar un ensaño, desde ese entonces me intrigó mucho su forma tan fantástica
de contar historias.
Publicado originalmente
en Literartura y Psicoanalis - Facebook
